martes, 30 de junio de 2015

GREXIT: UNA REALIDAD?


El tiempo se acaba y no llega el acuerdo entre Atenas y sus acreedores sobre las reformas que debe poner en marcha Grecia para recibir el último pago del rescate pactado, que expira el martes 30 de junio. El Gobierno de Syriza quiere un acuerdo completo que incluya la reestructuración de su deuda, que supera 340.000 millones de euros, el 177% de su PIB. Pero sus socios del euro y el FMI insisten en cerrar primero el intercambio reformas-fondos y, una vez seguros de la aplicación de lo pactado, empezar a hablar de un posible alivio de deuda.
Las negociaciones se han roto el pasado fin de semana, después de que el primer ministro heleno, Alexis Tsipras, convocase un referéndum para que los ciudadanos se pronuncien sobre si aceptan o no la última propuesta de los acreedores, que incluye nuevos recortes que Syriza se había comprometido a no permitir.
El problema es que sin los 7.200 millones que quedan pendientes de entregar del rescate, el país no dispondrá de fondos suficientes para pagar al FMI el próximo día 30. Y el impago de sus deudas con el FMI y el BCE es la línea roja que puede provocar la entrada de Grecia en suspensión de pagos y, según la mayoría de los analistas, su salida del euro.

¿Puede salir Grecia del euro?

Los Tratados de la Unión Europea no contemplan la posibilidad de un país pueda salir del euro, pero sí permiten que un Estado pueda abandonar la UE. Por eso, no está claro qué puede pasar.
En teoría, si los 19 países miembros del euro están de acuerdo en que Grecia debe dejar la moneda única, podrían negociarse los términos de esa salida. Sin ese acuerdo de todos, un abandono sólo de la moneda única no es posible. Por eso, también es posible que Grecia tuviese que salir de la Unión Europea para poder abandonar el euro.
Sin embargo, algunos expertos –incluido el vicepresidente del BCE, Vítor Constancio- advierten que no tendría que ser necesariamente así y que podría gestionarse la suspensión de pagos desde dentro del euro. Una vía sería, precisamente, a través de una reestructuración de la deuda con sus socios de la UE. Y otro camino podría ser la creación de una segunda moneda, que conviva con el euro y sirva para realizar pagos corrientes, como los salarios de funcionarios o las pensiones.
Pese a esas alternativas, la salida de la unión monetaria parece lo más previsible si no cumple sus compromisos financieros.

¿Cuándo tendría que tomarse esa decisión?

La salida o no del euro debería decidirse cuando Atenas no cumpla con sus deudas y compromisos emitidos en euros.
El impago al FMI no tiene por qué implicar una quiebra del país –además, se iniciaría un proceso sancionador que concede algunas semanas de margen-, ya que éste puede intentar seguir pagando a sus acreedores privados y tratar de cumplir otros compromisos, como el abono de salarios y pensiones.
Sin embargo, esos pagos sólo se mantendrán de forma real si los bancos griegos siguen vivos, es decir, si conservan suficiente liquidez para mantener el sistema de pagos.
Por eso, en el momento en que esas entidades no dispongan de liquidez, todo se parará. Y, en la actual situación, eso ocurrirá cuando el BCE decida cortar la línea de liquidez de emergencia abierta para los bancos helenos desde finales de enero.
El banco central de la eurozona podría cortar esa respiración asistida si se produce una salida masiva de capitales de la banca griega y no está dispuesto a seguir asumiendo los riesgos de prestarles fondos porque cada vez tendrán menos capacidad para devolverlos.
El pasado domingo, después de que Tsipras convocase el referéndum, el BCE se reunió de urgencia y decidió mantener abierta la línea de liquidez, pero no aumentó el tope disponible, lo que obligó al Gobierno griego a imponer controles de capitales -lo que se conoce como corralito- para evitar la fuga de fondos desencadenada por la incertidumbre sobre la permanencia de Grecia en el euro.
El BCE también podría decidir cortar la liquidez si Atenas no le paga los casi 3.500 millones de euros que debe abonarle en julio. Ese impago en sí mismo también conduciría a adoptar la decisión de la salida.

¿Cuáles serían los efectos inmediatos dentro de Grecia?

Ya sólo la perspectiva del referéndum ha desencadenado la pérdida de confianza respecto al futuro del país en los mercados bursátiles, con su consiguiente impacto en empresas e inversiones, y esta situación podría transmutarse en pánico si se confirma la salida del euro.
El miedo a las consecuencias también ha empezado a extenderse entre la población.
Los bancos griegos permanecerán cerrados unos días para evitar nuevas retiradas masivas de fondos y el Gobierno heleno ha impuesto restricciones de capitales que incluye limitar la retirada de efectivo en los cajeros automáticos y restringir las transferencias electrónicas con el extranjero.
Esos controles se incrementarán -incluyendo las restricciones de pagos con cheques y tarjetas y las transferencias internas- si fuese necesario preparar la transición a una nueva moneda.

¿Qué moneda se adoptaría?

Grecia podría volver al dracma o crear una nueva moneda. Cualquiera de los dos casos implica un desafío logístico enorme, ya que habría que acuñar toda la moneda necesaria, transportarla hasta todos los rincones del país –con el consiguiente despliegue de seguridad- y distribuirla.
En el mismo momento en que la nueva divisa empiece a funcionar, es más que previsible que su cotización se hunda frente al euro y el dólar.
Esa fuerte depreciación se traduciría de inmediato en la multiplicación del coste para los griegos de todo tipo de deudas, compras y contratos. La inflación se dispararía, el paro aumentaría aún más y la renqueante economía del país volvería a la UVI.
La teoría económica dice que, tras ese primer y dramático impacto, la devaluación de la moneda podría jugar a favor de Grecia, haciéndola más competitiva de cara al exterior. Sin embargo, es difícil saber cuánto tiempo tardaría en salir de la nueva recesión y de la tremenda crisis social que generaría en un país ya muy golpeado.

¿La deuda griega se mantendría en euros?

Los actuales títulos no serían válidos. Grecia intentaría convertirlos a su nueva moneda y renegociar la deuda a la baja, ya que pagarlas en euros con una moneda muy depreciada las haría aún más impagables.
Además, después de los impagos y con una economía en quiebra, Grecia tardaría años en recuperar la confianza necesaria para lograr financiación a costes razonables en los mercados internacionales, tal y como le ocurrió a Argentina tras su suspensión de pagos de 2002.

¿Cuáles serían los efectos inmediatos para la eurozona?

El impacto de la salida de Grecia más importante -y puede que también definitivo para el destino de la unión monetaria europea- sería la quiebra de uno de los fundamentos del euro: su irreversibilidad, es decir, el principio de que la adopción de la moneda no tiene vuelta atrás.
Si un país sale del euro, cualquier otro puede seguir el mismo camino si topa con dificultades y no encuentra suficiente apoyo en sus socios.
Eso abriría la puerta a especulaciones y los miembros más débiles del grupo –empezando por Italia y España- podrían perder la confianza de los inversores y complicar su financiación en los mercados. El coste y las consecuencias de este primer golpe es difícil de calcular.

¿Está preparada la zona euro?

El BCE y los gobiernos de la eurozona insisten desde hace meses en que las reformas realizadas desde 2010 permiten aislar a los países del euro de los problemas bancarios que puedan surgir en otro miembro.
También lo cree así el FMI, que asegura que “los riesgos inmediatos de contagio en el mercado se han reducido mucho con los instrumentos disponibles en la zona euro, incluyendo las compras de deuda que puede realizar el BCE y los cortafuegos” creados junto a la unión bancaria.
Sin embargo, el propio Fondo reconoce que “persisten riesgos y debilidades”.

¿Cuánto perdería cada país?

Parte de esas vulnerabilidades llegan por la exposición a Grecia que mantienen los Estados, el fondo de rescate, el BCE y los bancos comerciales.
A finales de 2014, los países del euro, el BCE y el fondo europeo de rescate poseían el 75% del total de la deuda griega, mientras que el FMI tenía otro 10%.
Si el Estado griego suspende pagos, el Banco Central Europeo vería en riesgo la recuperación de unos 20.000 millones invertidos en deuda soberana helena. Aparte, ha prestado 110.000 millones de euros a los bancos del país.
En cuanto a los Estados del euro, su exposición a Grecia está en los préstamos bilaterales con ese país y las garantías que aportaron al fondo europeo de rescate. Todo ello en conjunto sumaba 195.000 millones de euros, el 61,5% de la deuda griega en circulación.
Además, indirectamente, los países del euro también están expuestos a través de los programas ejecutados por el BCE, aunque es muy complicado conocer la distribución de ese riesgo entre los países.
Incluyendo todos esos frentes, según los cálculos de Barclays, en abril de 2015, el total de la exposición de los países del euro a una quiebra de Grecia alcanzaría los 331.400 millones de euros, el 3,3% del PIB de la eurozona.
En términos absolutos, Alemania y Francia son los países que concentran mayor riesgo (92.000 millones el primero y 70.300 millones, el segundo).
En términos relativos, estarían más expuestos países más pequeños, como Eslovaquia o Malta, donde la ayuda a Grecia supone el 5% y el 4,2% de sus respectivos PIB.
Según los datos de Barclays, España tendría una exposición a Grecia de 42.300 millones de euros hasta abril de 2015, e Italia, de 61.500 millones. Pero si se tiene en cuenta la fragilidad de las economías y el descontento de la ciudadanía con determinadas políticas, ambos países se perfilan como los países que correrían más riesgos.

¿Habría una nueva crisis financiera global?

Mientras la exposición de los Estados ha ido creciendo desde 2010, la mantenida por los bancos privados de la UE ha caído drásticamente.
Así, según los datos del Banco Internacional de Pagos (BIS), los bancos franceses han pasado de tener 78.800 millones de euros de exposición al final de 2009 a mantener 1.319 millones al cierre del año pasado; los alemanes han bajado de los 45.000 millones de hace seis años a los 10.624 millones del cierre de 2014; los italianos han reducido desde 12.200 millones a 1.104 millones, y los bancos españoles han rebajado su exposición de 1.210 millones en 2009 a 266 millones a finales del año pasado.
Aparte de los países del euro, otros países como Reino Unido o Estados Unidos también correrían riesgos. Después de reducirse después de la crisis de 2010, la exposición de los bancos anglosajones ha aumentado en los últimos tiempos: la de los británicos se situaba en 9.740 millones al cierre de 2014, según los datos del BIS. De acuerdo a esa misma fuente, la de los estadounidenses estaría en 10.170 millones.
Pero más allá de esas cantidades concretas, y dada la debilidad actual de la economía mundial y la interconexión financiera, económica y política, es muy complicado prever el coste de una quiebra griega en la economía global y no puede descartarse que Grecia se convierta en el Lehman Brothers de 2015.
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